235 de la calle 104, Queens; Martes de Noviembre de 1993, 16:00 h

La mañana transcurrió sin novedades. Cada cual se enfrascó en sus tareas autoasignadas, robando tiempo al tiempo en sus trabajos cotidianos. Los Agentes Xouba y Xander teclearon el grueso del código, restando tan sólo la compilación y el debugging para cuando volvieron a encontrarse todos en la safe house de Xizang.
Establecido ya como ritual, hicieron de nuevo la aproximación a la casa en busca de fisgones o posibles trampas. Una vez despejado el escenario, entraron al piso y se pusieron manos a la obra. En poco más de dos horas tenían listo el programa decodificador y la última libreta escaneada. Todo listo. El cuaderno fue decodificado.
Las 240 páginas destilaban dolor, desesperación y una angustia resolutiva. Leyeron sus anotaciones desde atrás hacia adelante, intentando rehacer la cronología de las últimas semanas del Teniente Ramírez. Había una nota de despedida y cierre dirigida a ellos.
Seguro que sois chicos listos. Habéis roto el código, de lo contrario no estaríais leyendo esto. Me hubiese gustado resolver este asunto de otra manera. Mis planes no eran entrar en el Club, armado hasta los dientes y forrado de explosivos. Deseaba tanto hacer caer a Belial que olvidé mis propias limitaciones. Debí darme más prisa. Mi tiempo se acaba. Las heridas están cada vez peor. De hecho, ya no son heridas. Han terminado la metamorfosis y ahora tengo dos bocas en el vientre por las que la Voz me habla. Ya no necesita asaltarme en sueños, ya no le hace falta generar sus frases en mi cabeza. Ahora me habla directamente através de su propia carne incrustada en la mía. Sé que no tardaré mucho en pertenecerle por completo, como le pertenecía Jack “El Gordo”. Estoy gando peso. No importa si como o no como. No importa el ejercico que haga. Mis carnes se cubren de grasa cada vez más rápido. Sus pensamientos empiezan a ser los míos. Oigo cosas, veo mundos más allá de este mundo. El tejido de la realidad abre sus costuras ante mi mirada y me enseña cosas que no quiero ver.
La muerte no es el final, tan sólo un estadío confuso en el que los más afortunados encuentran el descanso. Tengo mis dudas de si yo podré hacerlo. He hecho cosas terribles. He escrito con mi propia sangre palabras que no termino de comprender. Voy a crear un Pájaro de Fuego al que daré vida con las frases que escribo sobre la bomba. Nada sobrevivirá a la explosión. Ni siquiera Ellos son invulnerables. Tienen sus propias debilidades y yo las conozco, porque aunque mis pensamientos pueden ser leídos por la Voz, yo también puedo leer los suyos. Me apoderé de parte de su sabiduría y ahora voy a utilizarla contra Ellos. Sólo es cuestión de acercarse lo suficiente. El fuego lo purificará todo. El fuego del Infierno del que son amos les consumirá. Entonces seré libre. Entonces quedaré limpio.
Sé que deseáis destruír a Belial. Yo no sé si lograré alcanzarle. Si no lo consigo y vosotros leéis esto, por favor, tomad cuanto he averiguado, cogedlo todo si tenéis agallas y aplastad a ese monstruo. No os quepa duda de que estaré ahí mirando.
Aún os quedan tres visitas para el Escorpión. Usadlas con prudencia y decid que os envío yo. Os tratará bien si váis de mi parte, pero no os fiéis demasiado. Aunque es un hombre de honor, juega su propio Juego. Tened cuidado.
No sintáis pena por mí.
He cometido crímenes horrendos.
Que Dios me perdone si puede.
La despedida de Ramírez fue el único escrito lúcido que encontraron. El resto era un galimatías plagado de delirios paranoides. Una constante angustia de saberse observado, vigilado.
Describe cómo contactó con él la Célula W y su decisión de colaborar con Delta Green. Atormentado por visiones, acosado por la Voz, a lo largo de su último mes Ramírez escribió acerca de la elaboración de la bomba. El Plan B.
Las armas y los explosivos se los suministró el Escorpión, el cual aceptó como pago el Servicio Especial, algo de lo que Ramírez se avergonzaba profundamente.
“-Mi acción más fructífera. Mi acto más vil y deleznable. Mi condenación eterna….”
Juntó los materiales, ensambló una bomba a base de C4 y granadas de fósforo blanco. Sobre ellas escribió lo que él decía era una invocación al fuego de todos los infiernos, algo que leyó en lo más profundo de la mente de la Voz. Lo hizo con su propia sangre.
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235 de la calle 104, Queens; Lunes 2 de Noviembre de 1993, 16:00 h

Se desplegaron por la calle, cubriéndola entera, cada uno en un punto cardinal. Cerraron despacio el círculo como lobos sobre la presa. Nada. Ni cámaras, ni coches aparcados con gente dentro ni grandes furgonetas con logotipos de la compañía telefónica o del gas. Tampoco había merodeadores con libretas ni gentes demasiado anodinas haraganeando por la zona.
El Agente Xouba fue el primero en entrar, con el teléfono encendido, armado con su sigilo. Subió la escalera haciendo el ruido de una brisa y llegó hasta el apartamento. No había signos de invasión ni de vigilancia. Hizo la señal y la Agente Xizang se le unió en menos de un minuto. Xouba abrió la puerta cubirto por el cañón de la pistola de Xizang. Entraron en el apartamento. No había peones blancos, ni gallos decapitados. Estaba limpio.
Llamaron a los demás y trajeron un lote de pesados bártulos. Xerxes maldecía bajo la carga de un paquete particularmente pesado.
“-¿Qué demonios hay aquí dentro? -masculló resoplando.”
“-Sabiduría, mi buen amigo persa -le contestó Xouba”
“-Cierto es que el que dijo que el saber no ocupa lugar o sabía poco o no leía nunca -sentenció Xerxes.”
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En algún lugar de Manhattan, Lunes 22 de Noviembre de 1993, 14:30 h

Eamon abrió la puerta de su apartamento. Resoplaba bajo el peso de los libros, por lo que se dirigió rápidamente al salón que había convertido en su biblioteca particular. Volúmenes y más volúmenes atestaban estanterías, la mesa e incluso había pilas en el suelo. Hizo sitio a los nuevos junto al ordenador. Cuando se dio la vuelta su pie tropezó con algo pequeño, minúsculo. Miró hacia abajo y vio un peón blanco. Lo recogió del suelo y lo examinó con atención. Era de marfil, probablemante tallado a mano.
Un intruso.
El silencio se hizo atronador, se le erizó el vello. Un leve sonido venía de la cocina. Algo estaba goteando perezosamente en el fregadero. Se acercó sigiloso. No había nadie allí, pero encontró otro regalo para él. Con las patas atadas al grifo, prácticamente decapitado, había un gallo de pelea desangrándose lentamente en su fregadero.
Eamon apretó los dientes, cogió el cuchillo más grande del cajón y salió de la cocina. Revisó toda la casa, habitación por habitación. Miró detrás de las puertas, dentro de los armarios, debajo de la cama… El corazón le martilleaba en las sienes. Nadie. El intruso no se quedó a esperarle. Volvió a la cocina y tocó al desdichado animal. Todavía estaba caliente.
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Nº 23 de Federal Plaza, Manhattan. Lunes 22 de Noviembre de 1993, 13:00 h

Chris se encaminó con paso decidido calle arriba. Esta vez se escabulló de la oficina en la hora le almuerzo para, nuevamente, subir por Broadway, esta vez hasta Federal Plaza. En una de sus esquinas, imponente, se alzaba el edificio federal de oficinas. En sus entrañas le aguardaban el FBI y tal vez, los sabuesos de la NSA. Con un poco de suerte, los fisgones habrían vuelto a su guarida de Maryland y tan sólo tendría que vérselas con los agraviados agentes federales.
Entró en el edificio, mostró sus credenciales en el control y avanzó sin problemas por el vestíbulo. Se dirigió a una de las ventanillas de información para comenzar el via crucis burocrático. Pasó un buen rato de llamadas, preguntas y más llamadas hasta que le indicaron una planta y un número de despacho. Fue directo al ascensor, ensayando mentalmente las posibles razones o excusas que esgrimiría para saber del asunto Ramírez.
Sonó la campanilla y al puerta se abrió a un largo pasillo iluminado por fluorescentes. Un hombre le cortaba el paso. Su sorpresa fue mayúscula. De pie, con su encantadora y enigmática sonrisa, estaba Phenets Sizal, su mentor de Ciencias Ocultas. Con su traje impecable, su bastón, la tez morena y rasgos marcadamente hindúes; parecía salido de una novela de Agatha Christie, uno casi echaba en falta el turbante sobre la cabeza y la capa apoyada en los hombros. Alargó el brazo hasta sujetar la puerta del ascensor para que no se cerrase.
“-¡¡Tú no deberáis estar aquí!! -alcanzó a exclamar Chris.”
“-Y tú tampoco -le replicó Sizal en voz baja- No es buena idea que hables con esta gente. Tu nombre ya aparece en un dossier, te están investigando y el hecho de que vengas aquí a hacer más preguntas se lo pone todavía más fácil. Saben lo de tu charla con el agente Falcon esta mañana. Deberías salir de aquí”
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Nº 342 de la calle 84, Astoria. Lunes 22 de Noviembre de 1993, 08:00 h

La Agente Xizang bebió despacio un sorbo de café de su polar cup. Ardía. Sin duda, el café ardiente es tu mejor compañero de vigilancia, sobre todo cuando el mercurio no se quiere despegar de los 2ºC.
Sentada en un banco de la calle 84, a unos 50 m de la casa del merodeador de aparcamientos, repasaba una otra vez el borde de su vaso de poliestireno, como si rezase un mantra. LA paciencia tiene en ocasiones sus recompensas. El individuo de la noche anterior salió de su casa temprano. Muy temprano si tenemos en cuenta que se trataba de un minusválido psíquico, de esos que tienen poco que hacer y que les gusta hacer aún menos.
No había amanecido aún, el cielo estaba cubierto por espesos nubarrones, amenazando lluvia; y sin embargo, el tipo aquél salía a la calle.
En cuanto puso el pie en la acera, sacó su libreta y se acercó a un coche que había estacionado a pocos metros del portal de su casa. Frente a él comenzó su particular y frenético garabateo en el cuaderno.
Xizang lo observó discretamente con unos pequeños prismáticos de bolsillo. Lo que vio la llenó de inquietud. El tipo escribía sobre el cuaderno con los ojos completamente en blanco, sumido en lo que parecía un trance.
El coche hacia el que salmodiaba era un Camaro negro.
“-Negro -pensaba Xizang- Igual que mi querido Dodge Daytona.”
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Ciudad Universitaria, Facultad de Medicina; Lunes 22 de Noviembre de 1993, 09:00 h

El Agente Xander caminaba despacio por el pasillo de la Facultad de Medicina. Absorto en sus pensamientos, los pies seguían la memoria mecánica de una rutina de años. Fieles ejecutores, le llevaban directo a su despacho. La mente estaba enfracascada en un galimatías de números y letras.
Un código de substitución clásico, como el de la máquina ENIGMA. Y sin embargo se les resistía. Algo se les escurría a sus algoritmos como una anguila. Daba vueltas y más vueltas en su cabeza, buscando el modo de entrarle a la clave, de dar con la Piedra Roseta que les abriese las puertas del mundo paranoide y delirante del Teniente Ramírez.
La mano en el bolsillo del abrigo acariciaba distraída los dos cuadernos que se trajo consigo para continuar crackeando el código. Perdido en sus pensamientos, casi tropezó con el empleado de limpieza que salía de su despacho. Farfulló una disculpa de modo mecánico y entró sin prestar más atención al asunto. Con la impaciencia propia de un adolescente entusiasmado, se lanzó sobre el escritorio y encendió el ordenador. Mientras la máquina arrancaba, sacó los cuadernos para colocarlos sobre la mesa.
Fue entonces cuando lo vio. De pie, entre el monitor y él, desafiante aún faltando sus compañeros de formación, estaba un peón blanco. No lo tocó siquiera, salió inmediatamente al pasillo para localizar al limpiador. No había nadie. Sólo el silencio roto por el murmullo de las aulas cercanas.
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